Los MASC, impulsados en el marco de las iniciativas europeas, nacieron para favorecer una mejor convivencia entre las personas.
Resolver los conflictos sin necesidad de llegar a juicio puede ir cambiando poco a poco nuestra forma de entender el desacuerdo. No todo conflicto tiene que acabar ante un juez. Muchas diferencias pueden resolverse mediante el diálogo, el acuerdo y la responsabilidad compartida.
Como consecuencia, disminuirá la judicialización de la vida diaria, con las ventajas que ello puede suponer para la Administración de Justicia. Pero no olvidemos que ese es un efecto secundario. Lo verdaderamente importante es mejorar la calidad de vida de las personas.
Esta idea no es ajena a la propia abogacía. El Código Deontológico de la Abogacía Española recuerda que, siempre que sea posible, debe procurarse la conciliación de los intereses en conflicto. Un buen abogado no es quien acumula más pleitos, sino quien mejor protege los intereses de su cliente, incluso evitando un juicio cuando existe una solución más rápida, menos costosa y plenamente satisfactoria.
En este punto conviene recuperar una palabra muy antigua: picapleitos. No como un insulto, sino como la descripción de una forma de ejercer la profesión. El picapleitos no es quien litiga cuando es necesario, porque hay conflictos que inevitablemente deben terminar en un juzgado, sino quien convierte el pleito en la primera opción, incluso cuando existen alternativas razonables.
Todos conocemos alguna versión de la vieja historia del pleito de la vaca y el ternero: dos personas comenzaron litigando por un ternero y, tras años de procedimientos, acabaron perdiendo ternero, vaca y dinero.
Desde esa perspectiva, es lógico que los MASC no despierten entusiasmo en quienes entienden la abogacía desde una cultura del litigio permanente. Los acuerdos reducen procedimientos, costes, tiempo y desgaste. Para el cliente y para la sociedad, eso suele ser una buena noticia.
La cuestión, por tanto, no es estar a favor o en contra de los MASC. La cuestión es si un profesional puede descartar de antemano una herramienta que el ordenamiento jurídico reconoce y que, en muchos casos, ofrece la mejor respuesta para los intereses de su cliente.
Quien conoce los MASC, los valora y los utiliza cuando son la mejor opción, demuestra criterio profesional. Quien los rechaza de forma sistemática difícilmente puede afirmar que está considerando todas las alternativas disponibles antes de aconsejar a su cliente.
Yo lo tengo bastante claro.
¿Y tú?

